Sus fotos en 24h

Me despierto raro, parece que no me encuentro medio cuerpo. Se debió quedar en alguna parte entre anoche y hoy. No me preocupa demasiado, pues últimamente no me sirve para mucho. De unos días a esta parte lo más importante que experimento es un creciente deseo, casi irreprimible, de pronunciar: «Revelados Telmo. Sus fotos en 24h». La idea se va haciendo poco a poco obsesiva. Ayer sólo pude pensar en ello, quizá por eso perdí medio cuerpo; bueno, como he dicho, no me importa demasiado. Sólo quiero salir a la calle a propagar mi mensaje: «Revelados Telmo. Sus fotos en 24h». No recuerdo dónde lo he visto, pero se me ha grabado en la cabeza a fuego.
Me levanto y caigo al suelo. Tengo que acostumbrarme a este nuevo equilibrio, espero que no me cueste mucho. Me arrastro hasta la cocina, me incorporo a pulso y, apoyado en la nevera, saco el café soluble y enciendo la radio. Salen palabras que no anuncian nada. Me pongo nervioso. Toco el dial y me vuelvo a caer. Sin querer, en la caída, he subido el volumen al máximo. Alguien de la radio grita sílabas sueltas al azar. Creo que se enfada conmigo por hacerle gritar, pero no puedo evitarlo, pues enseguida me olvido de ello. Sólamente quiero salir a la calle a saciar mi deseo. Cada vez es más intenso. Tengo que morderme para no gritarlo.
Llaman a la puerta insistentemente. Por el olor creo que es la portera y está enfadada y grita. No sé porque grita, yo no le he subido el volumen. Repto hasta la puerta y la abro. La portera chilla asustada y calla. En la escalera se abren puertas y, en silencio, salen vecinos gordos, todos con bata. Todos fuman puros a mitad. Les digo lo único que puedo y lo repiten intentando comprenderlo, pero se enfadan y permanecen estáticos alrededor de mi puerta. Me doy cuenta de que estoy en el suelo y desnudo. Trato de levantarme y huir, pero caigo al intentar apoyar el pie que me falta. Los gordos se ríen monotonamente. Me arrastro por la escalera y me dejo caer hasta abajo. Por suerte sólo me hago daño en la mitad de mi cuerpo que no tengo. Salgo a la calle y me agarro a la verja para sostenerme en pie. Todo el mundo en la calle está parado y me mira. Caigo en la cuenta de que estoy repitiendo constantemente el eslogan en voz alta. La gente se aparta atemorizada. Todos menos Lia, la chica que tengo enfrente al otro lado de la acera. No la conozco, pero me invento su nombre y me sonrie. Corro hacia ella con una pierna. Cruzo la carretera y resbalo en medio de la calzada que está llena de coches que la recorren a toda velocidad. Uno me golpea violentamente en la mitad que me falta y, aunque no me hace daño, me tira al suelo. Lia se acerca hasta mí y me cubre con sus brazos. Estoy perdiendo la consciencia y algo me dice que es definitivo. Ella me susurra al oído: «Revelados Lia. Sus fotos en 24h».

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