| Serafín daba carpetazo al caso que le había llevado envuelto en el humo de su cigarrillo a letargo y ancho de la ciudad en los últimos dos años. Decidió que era un buen momento para dejar el tabaco. Deseaba ver el sol, ese tinte amarillo que se filtraba de cuando en cuando entre los tonos grises de su nube de humo. Fantasoñaba con infinisimales rayuelos de luz decapando la ceniza adherida a su piel durante tonto tiempo y se esmerilaba en retener esa imagen a modo de mantra paduana, porque necesitaba algo a lo que aferrarse dentro del pavorama del día a día.
La duda apareció lejana por el horizontal y acercándose velozmente cruzó en ambar los atropellados pensamientos de nuestro ser afín. Al fin y alcoba el balance final se inclinaba claramente hacia el polo opositivo a lo previsto. Aquella vieja chocha de su patrona había palmado llevándose a la tumba su promesa del pago de los meses atrasados, invidentemente aquello quedaba por descontado. La belleza que dormía plácidamente en su habitación mientras él se afeitaba a través de los jirones grises que terminaban de dispersarse había resultado una recompensa inesperada que redoblaba el valor de las ganancias, aunque estas hubieran quedado reducidas a nada en el momento en que el cliente, el culpable y la victima confluyeron en una sola persona.
Archibaldo en el armario, turrón y cuenta nueva. Será fín |
